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Vacaciones sin dieta: comer diferente unos días no significa hacerlo mal

  • Foto del escritor: Carolina Iglesias
    Carolina Iglesias
  • hace 6 horas
  • 5 min de lectura

Llega el verano y, casi sin darnos cuenta, la comida empieza a ocupar demasiado espacio en nuestra cabeza.

Antes de salir de vacaciones aparecen las dudas: ¿qué voy a comer en el hotel?, ¿y si todos los días salimos a cenar?, ¿voy a engordar?, ¿cómo compenso los excesos?

Lo que debería ser un tiempo de descanso se convierte, para muchas personas, en una especie de examen. Un examen en el que cada helado, cada aperitivo o cada comida fuera de casa parece sumar puntos en contra.

Pero unas vacaciones no deberían vivirse así.

Comer diferente durante unos días no significa haber perdido el control. Significa, simplemente, que nuestra rutina ha cambiado. Y una alimentación realmente saludable debería poder adaptarse a esos cambios.

No necesitas comer igual que el resto del año

Durante las vacaciones cambian los horarios, los planes y también la forma de comer.

Quizá desayunas más tarde, comes en un restaurante, cenas con amigos o pruebas platos que no forman parte de tu alimentación habitual. Es normal. No estamos en el mismo contexto que durante una semana de trabajo.

El problema aparece cuando pensamos que solo existen dos posibilidades:

  • Seguir la alimentación habitual de manera perfecta.

  • Abandonar por completo nuestros hábitos.

Entre ambos extremos hay mucho espacio.

Podemos disfrutar de una comida especial y, al mismo tiempo, seguir escuchando nuestras señales de hambre. Podemos tomar un helado sin convertir el resto del día en una sucesión de comidas improvisadas. Podemos cenar fuera y volver a desayunar con normalidad al día siguiente.

No hace falta elegir entre cuidarse y disfrutar.

La frase que suele complicarlo todo: “ya que…”

“Ya que estamos de vacaciones…”

“Ya que hoy he comido fuera…”

“Ya que he tomado un postre…”

Ese “ya que” suele ser el inicio de una desconexión. No porque determinados alimentos sean un problema, sino porque sentimos que ya hemos roto alguna regla y que, por tanto, da igual lo que hagamos después.

Este pensamiento es frecuente cuando venimos de dietas muy rígidas. Si llevamos meses clasificando los alimentos entre permitidos y prohibidos, cualquier elección diferente puede parecernos un fracaso.

Sin embargo, una comida no determina nuestra alimentación. Igual que una ensalada no transforma por sí sola nuestros hábitos, una cena abundante tampoco los destruye.

Después de una comida especial no necesitas castigarte, saltarte la siguiente ingesta ni prometer que el lunes empezarás de nuevo. Solo necesitas continuar.

Cuidarse en vacaciones también puede ser sencillo

A veces pensamos que mantener ciertos hábitos durante las vacaciones requiere medir cantidades, cocinar todos los días o rechazar planes sociales.

En realidad, puede ser mucho más sencillo.

Puedes incluir fruta cuando te apetezca, elegir alguna verdura en las comidas principales, beber agua con frecuencia y procurar que haya una fuente de proteína en buena parte de tus platos.

No tiene que estar todo presente en cada comida. Tampoco necesitas analizar el menú como si fuera un examen de nutrición.

Una comida puede ser más completa y la siguiente más improvisada. Un día puedes comer en casa y otro enlazar el aperitivo con una cena fuera. Lo importante es observar el conjunto sin exigir una perfección que, además de innecesaria, resulta difícil de mantener.

El hambre sigue existiendo aunque estemos de vacaciones

Con el cambio de horarios es fácil llegar a las comidas con demasiada hambre.

Pasamos la mañana en la playa, retrasamos la comida porque estamos haciendo una excursión o nos saltamos una ingesta pensando que así “guardamos calorías” para la cena.

Después llegamos al restaurante con tanta hambre que comemos deprisa, apenas disfrutamos y terminamos más llenos de lo que queríamos.

No es falta de fuerza de voluntad. Es una respuesta bastante lógica después de pasar demasiadas horas sin comer.

No hace falta organizar cada ingesta, pero sí puede ayudarnos tener cierta previsión: llevar una pieza de fruta, unos frutos secos, un bocadillo sencillo o cualquier opción práctica que evite llegar con hambre extrema.

Prever no significa controlar. Significa ponérnoslo un poco más fácil.

Comer fuera no obliga a elegir siempre la opción “más ligera”

Cuando abrimos una carta, muchas veces empezamos a buscar automáticamente el plato con menos calorías.

No pensamos en lo que nos apetece, sino en lo que consideramos que deberíamos pedir.

Y esto puede provocar una situación curiosa: elegimos una ensalada que no nos satisface, terminamos picando del resto de platos, llegamos con hambre al postre y finalmente sentimos que hemos comido “fatal”.

En ocasiones, elegir directamente lo que realmente nos apetece permite disfrutar más y comer con mayor tranquilidad.

Podemos pedir una paella, unas croquetas o un postre. También podemos compartir platos, dejar comida si ya estamos satisfechos o elegir algo más sencillo porque ese día nos apetece.

La flexibilidad no consiste en pedir siempre lo más calórico, pero tampoco en escoger siempre lo más ligero. Consiste en decidir sin miedo y sin seguir reglas automáticas.

No todo lo que comemos tiene que tener una finalidad nutricional

La comida nutre, pero también acompaña.

Forma parte de una sobremesa, de una fiesta del pueblo, de una comida familiar o de una tarde de paseo en la que decidimos tomar un helado.

Pretender que cada elección tenga que estar justificada por sus nutrientes puede alejarnos de una parte importante de la alimentación: el placer y la convivencia.

Esto no significa que todo dé igual. Significa entender que la salud no depende únicamente de elegir alimentos nutritivos, sino también de construir una relación con la comida que sea tranquila y sostenible.

Un hábito que solo puede mantenerse cuando no hay celebraciones, viajes ni imprevistos no es demasiado práctico para la vida real.

Volver de vacaciones sin compensaciones

Al regresar, muchas personas sienten la necesidad de corregir lo que han hecho.

Aparecen los ayunos, las dietas muy bajas en calorías, los batidos “detox” y el ejercicio planteado como castigo.

No hace falta.

La mejor manera de volver es recuperar poco a poco los horarios y las comidas habituales. Volver a comprar alimentos para casa, cocinar platos sencillos, descansar y retomar la actividad física con normalidad.

Sin urgencia y sin intentar borrar las vacaciones.

El cuerpo no necesita que paguemos una deuda por haber disfrutado. Y nosotros tampoco.

Quizá el objetivo no sea controlarlo todo

Muchas veces pensamos que tendremos una buena relación con la comida cuando seamos capaces de controlarla siempre.

Pero puede que sea justo al contrario.

Una relación más saludable aparece cuando podemos comer de forma diferente sin asustarnos, cuando no necesitamos compensar y cuando confiamos en que nuestros hábitos no desaparecen por unos días fuera de la rutina.

Las vacaciones no tienen que ser perfectas desde el punto de vista nutricional. Tienen que ser vacaciones.

Habrá comidas más equilibradas y otras que simplemente formarán parte del momento. Habrá días con más movimiento y otros de descanso. Habrá hambre, apetito, improvisación y planes inesperados.

Y todo eso puede convivir con el cuidado.

Porque aprender a comer no consiste en hacerlo siempre igual. Consiste también en saber adaptarnos sin culpa, sin miedo y sin sentir que tenemos que empezar de cero cada vez que la vida cambia un poco.

 
 
 

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